Cuentan que un 14 de marzo de 1920 inauguraban la casa blanca de al lado de las monjas. Era un gran acontecimiento y toda la élite madrileña estaba invitada a la fiesta de cuento de hadas.
La casa blanca, las tejas de colores, las vidrieras de todas las ventanas; una vez entrabas, esas imponentes escaleras que te cortaban la respiración. Probablemente nadie había visto cosa igual en su vida. La casa era elegante y fuerte. "Sobrevivirá numerosas generaciones" "Probablemente no la veremos caer jamás" "Quizá cuando nuestros nombres se hayan olvidado, el blanco de sus paredes se verá gris, negro; los cristales de colores cortarán a las palomas al pasar ocupando el lugar, con sus afiladas cuchillas rotas. Pero no, no, nosotros no la veremos caer" decían los gurriatos que nunca callaban con las noticias de la colonia.
Cuentan que un 14 de marzo de 1920 cuatro jóvenes subían a una fiesta gatsbyana en la sierra de Madrid. El coche más rápido de toda la ciudad, las jovencitas se sujetaban los sombreros mientras jugaban a cosquillas en el asiento de atrás. Los muchachos corrían más y más. La carretera era divertida y, por si fuera poco, para variar, llegaban tarde. Loa chicos eran hermanos. Las risas, carcajadas, las bromas y verdades inundaban la fría atmósfera de mediados de marzo; será una gran noche, de eso no hay duda. Los vestidos charlestón y las boquillas infinitas con cigarros a medio terminar. Lunar sobre los labios, pluma sobre la oreja derecha. Traje de chaleco y pajarita, guantes de algodón en la guantera, todos cubiertos de pieles de armiño y bisonte; todos cubiertos de vida y tiempo.
Cuentan que un 14 de marzo de 1920 un cervatillo se perdió en el monte. Cuentan que antes del gran incendio, en San Lorenzo del Escorial había vida, había animales, y eran salvajes, no como nosotros. Cuentan que una noche fría y seca, una de las pocas que el final del invierno nos concede, un cervatillo se escapó de la carretera. Esa piel suave y sedosa, esos músculos fibrosos de recorrer los campos y montes, esos ojillos de piedras de azabache. Esa cornamenta fuerte, esa mirada ingenua reflejando los faros de un coche que va demasiado rápido. Esa mancha carmín sobre el asfalto.
Cuentan que un 14 de marzo de 1920 hubo una gran celebración en San Lorenzo del Escorial. Cuentan que se esperó durante horas a los cuatro invitados de honor. Cuentan que esa misma noche anunciarían su compromiso. Cuentan que la casa blanca de la esquina era la guinda del pastel. El pueblo se sumió en un profundo silencio, como dormido. Nadie volvió a hablar de aquella noche y de aquella casa. Durante un tiempo se olvidó el suceso. La fiesta que se transformó en velatorio. Nunca nadie tuvo una despedida con flores tan alegres, con mujeres tan bellas, con vestidos tan coloridos, todas enjoyadas.
Los músicos de jazz sólo tocaron un sencillo réquiem aquella noche. La pequeña capilla llena de gente. Todos entrando y saliendo. Lágrimas confusas, lágrimas de dolor, lágrimas de rabia. Los escondites de los chiquillos enamorados convertidos en oscuras madrigueras desesperadas por calma y paz. El coche más rápido de la ciudad hecho trizas: piezas sueltas a lo lejos y cercanas. Cristal y plata entre árboles y flores silvestres. Más manchas carmín sobre el asfalto de las que quisieron reconocer. Una boquilla y un zapato de tacón en el centro de la carretera. Cinco cuerpos sin vida separados por una inmensidad tan pequeña como el aire. Cinco puntas de la estrella. Dos mujeres jóvenes, dos hombres fuertes. Un cervatillo sin nada más que el viento y el campo. Ninguno de ellos sobrevivió. Ninguno de los seis. La casa tampoco lo hizo. Su bautizo fue su funeral. Aquellas puertas de madera se cerraron, cayó su techo antes de que olvidásemos los nombres de nuestros vecinos. Aquella casona abandonada, olvidada, maldita por la suerte y la vertiginosa velocidad que lleva la vida.
Cuentan que un 14 de marzo de 1920 ocurrió una tragedia. Cuentan que ya nadie cuenta nada. Cuentan que es un secreto a voces que nadie conoce. Cuentan que fue la suerte, cuentan que fue la mafia, cuentan que estaban locos y se suicidaron ellos solos. Cuentan . Y mientras cuentan una cruz de piedra se levanta a dos metros del suelo. No hay nombres, la lluvia de abril los borró. Sólo queda la fecha. 14 que nos llama. Marzo que nos quema. 1920 que no cuenta.
Cuentan que un 14 de marzo de 1920 el tiempo se volvió loco, y desde entonces nunca nevó como antaño en San Lorenzo del Escorial.
D.R